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jueves, 4 de agosto de 2011

sábado, 16 de julio de 2011

Con mantequilla/ Rafah Acevedo


      
Cuando niño untaba mantequilla al pan. Todos éramos felices. O ignorantes, que es algo parecido. Sin embargo, poco a poco, nos fueron prohibiendo ese delicioso pecado. 
        Creo que fue poco después de que el hombre llegara a la luna. Mi padre comenzó a hablar del corazón, del colesterol y las grasas saturadas. Aparecía en la prensa, según recientes estudios. La mantequilla, esa asesina seductora, nos mataría a todos con una lentitud perversa. Primera vez que escuché que el placer estaba reñido con la longevidad. Pasé días mirando al vacío o a Titanes en el ring tratando de entender porqué era así de injusta la vida. 
        En dos semanas esa angustia desapareció. Otras cosas llenaron mi inquietud. La mantequilla dejó de ser pecado.
        Eso, hasta que al cumplir cierta edad comencé a preocuparme por las grasas saturadas  y el corazón. Le dije adiós a la seductora, la más delicada comida entre los bárbaros, según dijera Plinio.
       Investigué. Descubrí  que el mundo está lleno de placeres sin mácula. La mantequilla aparece en los refrigeradores  sin grasa, con omega 3, sin sal, con omega 6, sin sabor y vaya usted a saber.  Y la prima margarina va por el mismo camino de la redención.     
       Así tropecé un día con el ghi. Una revelación. Una suerte de mantequilla hindú para rituales religiosos, encender lámparas, y comer. Mejora la memoria. Promueve un aumento en la calidad y cantidad de semen. Para que uno no se olvide.
      ¡El mundo permite tantas opciones!  No hay modo de no ser feliz. Es una obligación. Si quieres ser delgado o gordo,  si tienes deseos de vivir larga vida o morir poco a poco, hay una cosa para ponerle al pan esperando por ti. Todos seremos felices.  Untaremos algún alimento graso a lo que tengamos a mano para expresar nuestra libertad. 
Y no es sólo la mantequilla la que nos da tantas opciones, es el sistema de vida occidental, si se quiere...¿acaso el pueblo norteamericano no tiene la oportunidad de escoger a su presidente libremente? ¿Acaso ese presidente, escogido como Premio Nóbel de la Paz no escoge formar parte de los que bombardean a Tripoli para proteger a los rebeldes, que son tantos y de tan diversas tribus que todavía no escogemos a qué intereses responden? 
No se me confundan, hablo de mantequilla y democracia, ¿recuerdan? Y no creo que haya nada más democrático que la mantequilla. Hasta se puede bailar un último tango en París con ella.

lunes, 11 de julio de 2011

Escribir en Barcelona

Si me preguntan digo que vivo en Barcelona. Específicamente en Carrer Casanova. De modo que, como cualquier escritor latinoamericano que se respete a sí mismo, salí de mi país y llegué al lugar en el que se encarnan o se empapelan tales oficiantes.

Sin embargo, no soy latinoamericano. Escribo en español. Eso es todo.  Ni mi país ni yo aparecemos en los catálogos.  Eso me hace libre. O quizás me convierte en otro tipo de esclavo.

Si pudiera escoger la banda sonora para estas palabras tendría que decidirme por Maelo. Ismael Rivera. http://www.youtube.com/watch?v=GdYSqWaeF5I Lo he escuchado cantado por ecuatorianos en la calle, en Raval.  Ahora bien, ¿qué pasa si decido que Ella Fitzgerald es un fondo más apropiado? http://www.youtube.com/watch?v=1j6avX7ebkM ¿Se me permitirá ser caribeño a la sombra de esa voz? Si decido, voluntarista, que mi fuente es James Joyce o Thomas Pynchon, ¿se me permitirá hurgar en esas letras?

Vine hasta aquí sin que me interese darle vida a una muchacha de caderas anchas con una piña en la cabeza. O mejor, darle papel a un travesti de acento peculiar. Si aparece, bien. Pero no es necesario. Si lo fuera me quedaba en casa.  Sólo quiero herir tus sentimientos con mi aspereza, para que me recuerdes. Quiero humillarte con mis citas sin adjudicarles fuentes, o con imposturas, una tras otra, mientras le miro las piernas a unas chicas que pasan por la Rambla. Luego voy de regreso a Carrer Casanova y escribo un poco de ciencia ficción, policial, algún poema en el que no madura ninguna jodida fruta tropical.

Quizás es una trampa. Mi aspereza, mi modo de herir, es demasiado parecido a manejar una piña sin guantes. Pero al final es dulce, nena. Así quiero escribir.

miércoles, 8 de junio de 2011

El sucio policial caribeño

     ¿Por qué gusta tanto lo policial? La trilogía Millenium del escritor sueco Stieg Larsson, protagonizada por una hacker aproblemada y sexy junto a un periodista socialmente comprometido, ha vendido millones de libros. La moda ha permitido a otros escritores del género aumentar sus ventas.

     Para el escritor Edmundo Paz Soldán el auge de lo policíaco es originado por el reconocimiento de ciertas expresiones del espíritu de los tiempos. Vivimos en tiempos paranóicos, señala. Y nada mejor que lo detectivesco para reflexionar sobre perseguir y ser perseguidos.

     ¿Qué dicen los expertos de antaño? El cineasta soviético, Serguei Eisenstein, a la pregunta ¿por qué gusta tanto el género detectivesco? respondía de manera precisa: porque es el género más eficaz. Está escrito, dice, con tales medios y planteamientos que sujetan al lector con la lectura como ninguna otra cosa. Es la forma más abierta del slogan fundamental de la sociedad burguesa sobre la propiedad. Por su bajo nivel temático y por su modo simple comunicativo, es el mejor medio para la extorsión del dinero. Suena duro, pero Eisenstein nos señala que ese contenido y esa forma sólo representan la sed por las grandes tiradas.
   Sin embargo, el director de El acorazado de Potemkin nos da un alivio.  Cuando el género policiaco se reviste de literatura de alta calidad pueden producirse joyas como Crimen y castigo o Los hermanos Karamasov de Dostoievski. Es un buen modelo, creo.
   Si uno lee la prensa diaria o mira los noticiarios, verá que el asesinato es considerado una de las bellas artes de la comunicación comercial. Es primera plana. Vende. Porque le pasa a los demás. Porque sobrevivimos. Y nosotros, espectadores somos inocentes. ¿Eso queremos creer?
   Prefiero la maldad de Francisco Velázquez en sus novelas. Hay una mujer detective. Inteligente. Valiente. Sexy, por supuesto. No digo que El muro que guarda el rosal parezca escrita por Dostoievski. Pero es una joya tropical. Sucia. Brutal. Porque somos culpables. Todos.

http://www.amazon.com/Muro-Que-Guarda-Rosal-Detectivesca/dp/1451586078
http://ficciologia.blogspot.com/2010/11/el-muro-que-guarda-el-rosal-de.html
http://www.smashwords.com/books/view/43578

miércoles, 25 de mayo de 2011

La rotura/Odette Casamayor


     




Love is a spark lost in the dark, too soon, too soon.
Speak Low, que escribió Ogden Nash, que cantó Billie Holiday, en remix de Bento.
Coming to break you off! I’m coming to break you off! Coming to break you off! Off! Off! Me instalé en el iPod la selección de remixes. En random. El original de The Roots se repetía a veces, aunque ese día precisamente –no siempre- la versión de Physics Bootleg era mi preferida. Trepidante. Sólo así ensordecida dentro de un flow circular pudo cortar transversalmente mi cuerpo la muchedumbre atravesada en Houston y Broadway, a la salida del subway. En todas sus versiones, Coming to break you off. No escuchaba nada más allá de las rimas. Como si el mundo afuera permaneciese ágil pero mudo y dentro de mí toda la música posible. El beat haciendo andar las piernas, ordenando inapelable desde la más recóndita célula. Podía ser lo mismo New York que Dakar. Iba el cuerpo solo. Breaking. Incluso sin tener muy claro qué romper. Sabe bien mi cuerpo sin embargo que si atravesaba en diagonal la gasolinera encogía camino a Prince. Pero yo no sabía. Sólo mi cuerpo. Lo seguía. El ritmo en los oídos en la sangre y el cuerpo navegando sin querer dejándose arrastrar hasta la esquina de Prince con Crosby. Ahí está el Savoy, un pequeño restaurante con su barrita y la carta de vinos que me gusta pero que en realidad no está en New York. Ni en Dakar. Tampoco en Madrid.
Yo sugerí el encuentro. Recuerdo. No hay entonces error de orientación. Fui yo quien dio cita en el lugar discreto, pequeño, smooth, smooth, cerca de todo, o al menos de todo lo que me pueda interesar. ¿Para qué lo habré hecho? La música cool, para gente relajada. El rap lo traigo yo en mi cabeza, de eso nadie tiene que enterarse. Me gusta el Savoy. Un buen Bordeaux borraría la desilusión si fuese necesario. Exquisita la cena si la buena suerte nos acompañaba y de una en una las palabras se juntaban y se hiciera posible continuar a más. Debería estar relajada como la clientela del Savoy. Pero, Coming to break you off!, al salir del metro con todas las preguntas aún flotando en el aire frío de marzo, todavía no puede saberse por qué para qué hacia quién iba mi cuerpo camino a Crosby y Prince.
Durante años lo odié. Sin explicaciones. El llano odio tranquilo pero seguro cerrándose hacia el epicentro del cypher. Off! Off! Off! Tampoco imaginaba qué había pasado con él. Cabía sin embargo suponer que, 20 años escurridos, convertido Antonio en temido agente literario, no podía perder mucho tiempo conmigo y apenas me esperaría durante los típicos 5 minutos de cortesía. Por eso había llegado lo más tarde posible, con la deliberada y secreta esperanza de no encontrarlo aún acodado a la barra del Savoy. Solía aparecer más o menos tarde en todas mis citas porque, aunque ahora calzase Manolo Blahnik y desayunara bagels, pancakes, eggs and bacon en lugar de sólo croissants y café, yo seguía aplicando mi reglamentario quart d’heure parisien. Pero esta vez la tardanza contenía toda la perfidia, toda la alevosía. Cualquiera que no fuese yo habría seguido en el 6 hasta la estación de Spring y Lafayette y caminar apenas ¿cuántas? ¿una, dos calles?, sin tener que atravesar la multitud, elegantemente, en suave taconeo Blahnik, aparecer serena en el Savoy, cool. Cualquiera menos yo, empecinada en llegar tarde y con el ceño fruncido, preguntando, preguntándome por qué, y sin responder porque secretamente sabía que no habría incógnita ni respuesta, sólo deslizarse como se puede, a contracorriente, con suma lentitud, hasta lo incierto, y ahí seguir. Una vez fuera del metro en Houston me demoré aún más buscando alargar el tiempo, como si fuera elástico, obligarles a las horas a sacar voz y que lanzaran de una vez las respuestas necesarias. ¿Para qué había llamado a Antonio? ¿Por qué respondió? ¿Qué haremos en el Savoy, él y yo 20 años después de todo?
El odio que se sedimenta y el vasco Antonio era el culpable de que yo fuese quien ahora soy. Esa que cae sin fondo. De cama en cama cada vez más lejos de mí misma. Aunque tampoco supiese dónde se escondía ese “mí misma” del que había salido inicialmente. Quizás por eso estaba ahora tras Antonio, esperando descubrir las coordenadas de lo que se supone sea yo, la que ya no soy; yo detrás y dentro del churre de sábanas siempre más y más decadentes, años y años, uno después del otro. Yo bajando a mi vejez. Antonio el primero. O el último, según se mire desde adelante o por detrás. Todo es cuestión de perspectiva.
Atrás… buscaron mis labios una risa cómplice pero no había nadie para reír conmigo. Reí entonces sola. Por atrás no me gusta. No sé por qué ni recuerdo bien cuando dejé de ponerme en cuatro patas y aceptar hombres entre las nalgas.
El primero en conocer mi cuerpo de mujer, el último que me vio de niña. Me gustaría saber si recuerda este detalle. Preguntarle a Antonio si se acuerda de haberme roto el himen 20 años atrás en un hostal de la Gran Vía. ¿Qué fui antes? ¿Existirá algún fósil de la niña que fui? ¿Lo conservará en una cajita tapizada de fieltro, como un diente de leche? De repente, me paré en seco, a punto de entrar al Savoy. Suena muy raro todo esto. I’m coming to break you off… era entonces un remix smooth demasiado smooth. No encaja si recuerdo a Antonio tan bello y tan vasco. Ni siquiera sé de quién es esta versión. No parece lo que es pero nada lo parece nada es y hay que seguir adelante. Me sacudí la mente. Al final todo es un poco mórbido. No raro. Apagué el iPod. Sólo mórbido. Un himen en caja de fieltro negra. Correr y perderme. Siempre es bueno perderse. Si me pierdo no tengo que preocuparme por recordar quien fui antes. Pero ahí estaba infestada de preguntas, tentada de preguntarle a Antonio si recordaba haberme roto el himen 20 años antes una noche de principios de junio en Madrid. Yo recuerdo. La película de los Blues Brothers. Nunca los volví a escuchar. Ni por casualidad. Ni siquiera en remix. Pero entonces, pocas cervezas. La noche escasa de los tiempos equinocciales. Un club de salsa y Antonio y sus manos y su lengua y yo sin saber muy bien qué estaba pasando. Desde la oscuridad de un cuarto en la Gran Vía aún me llega cierto perfume como de almizcle que no he vuelto a oler. Salía de su piel y en medio de mi olvido aquella noche sin embargo recuerdo como lo sentía entrándome por los poros, el almizcle. Sin desearlo a él el más bello entre los hombres comienza a suceder lo que yo más quería que pasara. Antonio más bello que un Adonis. Yo no lo amaba pero ansiaba dejar de ser virgen. Tras las caricias que no puedo recordar, fue la angustia porque mi himen parecía esconderse más y más, según él me penetraba, como retrocediendo adentro. No queriendo que aquello pasara de una vez. Desesperada yo deseando solamente la rotura. El cuerpo no quería. Yo sí. Nunca pregunté qué querría el vasco Antonio.
He entrado al Savoy. Él ya no está en la barra. Sonaba un remix muy suave de alguna canción de Billy Holiday. Debería haber pedido un vino. La selección del Savoy es excelente. Ordené en cambio un vodka Martini. Speak Low, creo que pasaban Speak Low. ¿Será aún bello el bello Antonio?, me asusté. Pero I am coming to break you off. Antonio. Con Grey Goose. ¿Por qué me expulsó entonces? Todavía pegada en la memoria la rima de The Roots. A pesar del meloso lullaby de la Lady Day en remix. Break you off. Dirty? No, just two olives. Y recuerdo. Si recuerdo, de repente, sólo entonces el rapeo en mi cabeza se detiene.
Creo que cuando al fin ocurrió lo que yo quería que ocurriese suspiré, más que chillar que es lo que parece que les pasa a las chicas cuando les parten el himen, en las películas al menos. Nada de aullidos en mi primera noche. No recuerdo haber sentido dolor sino alivio. Y luego en la mañana buscaba las manchitas de sangre en las sábanas para estar segura de que había sucedido al fin, que ya era libre. Sólo quien está roto empieza a perderse, comienza a ser libre. Demasiada libertad la mía. Forzada. Yo no quería irme pero Antonio no quería verme más. Se corre más rápido siendo libre. Se corre mucho. No paré. Le di tres vueltas a Europa sin pisar Madrid. Me detuve algunos años en París, lo suficiente para madamizarme y tomar impulso para llegar hasta aquí. Con los Blahnik no se puede correr. Apenas se bajan con cierto decoro las escaleras del metro. Pero llegué.
Ay, alivio sentía ahora mientras desaparecía el martini tras mi garganta y tropezaron los labios con la última aceituna. Puedo irme ya, pensé. Antonio fue puntual. Me esperó los 5 minutos que puede un hombre apurado y vasco malgastar jugando un poco con su iPhone. Tras un whisky breve, se marchó quizás preguntándose para qué diablos lo había citado allí. Sitio de tragos caros. Si yo no había aparecido para hacerme invitar a champagne al menos, ¿para qué lo llamé? Demasiadas preguntas entre los dos. ¿Por qué se dio la vuelta, retirándose como las mareas, y al darme la espalda ni siquiera me dejó un poco de almizcle en la piel? Más valía que me marchara, presto, y que esta vez ya fuese de verdad. 
Pagué mi martini. Bajé de la banqueta y casi alcanzando la puerta lo encontré. Antonio llegaba, creo que se excusó vagamente por su tardanza pero no puedo asegurarlo porque yo desde entonces, desde que me tropecé nuevamente con su áspera sonrisa, no escucho nada más. Es todavía bello el bello Antonio y tras dejarme de nuevo acariciar he reconocido sus manos de vasco y con ellas la ternura nueva del primer hombre. Y ahora he perdido todo, el oído, el olfato y hasta el recuerdo. Todo salvo la virginidad, por supuesto. Aunque esta vez ha sido muy diferente. Mientras su verga volvía a mi cuerpo ya sin compuertas que romper, regresando a los pasadizos explorados 20 años atrás, tal vez no, sudando entre las sábanas de lino de un hotel de Soho, toda la noche, esta vez chillé. Aullidos de hiena. No de virgen.
Desde entonces no tengo alivio y estoy más rota que nunca. Hasta se me ha olvidado preguntarle a Antonio por qué hace veinte años se volteó y no quiso verme más. Broken. Mis pedazos deberían armar un puzzle, supongo, pero ya no me interesa saber qué hacer con ellos. Antonio, creo, deshace y rehace este puzzle a su antojo, algunas noches, como quien le echa agua al dominó. Just broken. Yo por mi parte sigo chillando. Y a nadie –a mí muchísimo menos- le importa saber por qué. 
Odette Casamayor-Cisneros
Miami, 2 de enero 2011.
     

martes, 10 de mayo de 2011

Llámame Láctea. (Ecopoiesis)/ Mara Pastor

Llámame Láctea
Ecopoiesis
Me parece que la Vía Láctea
ha caído del firmamento
Li Bo
Me encuentro
con mi antigua novia japonesa
ya de Hiroshima llenas las visiones
Juan Antonio Corretjer
Canto de Hikari
Así dije, transgénica.
Algo del lenguaje que apresuro 
de pronto se lanza en astronave 
a los vacíos que abrazábamos
algo en otro planeta tiene sed de ti.
No debe llamarse selva, ni pájaro
ni nave, sino prótesis amorosa, ternura de robot
calcinado, astronomía visceral.
Quisiera saber cómo se afrontan decepciones atómicas, pensó Maduk en el laboratorio. Una decepción no tiene materia, aunque sí memoria. Se ha averiado el acelerador de partículas. No se sabe cuándo repondrán imanes. Dicen que se escapó el helio y todos sabemos lo que les pasa entonces a las voces. 
Presagio 
El fin del mundo
fue antes de los trenes.

Conversación 
A distancia vemos tu mano 
y el engranaje
que la aguanta. Cómo
te abrazo por entre
las grúas cuando ya nadie
se fía de los metales.

Hikari en la oficina
Más antigua que la mirada de los hombres a la luna 
-ellos también hambre en las orillas-
traducción
-ellos también una misión y otra, la cosecha, la lluvia-
La mirada se cansa en el monitor
Un café se enfría.
Tantas horas juntos sin hablarnos.
Cuántas veces la física nos falla. 
Dejemos de escribir en rectángulos.
Hay un universo en la esquina
haciendo tiempo.
Carta a Maduk
La electricidad no nos permite
cruzar las paredes.
La gravedad es una fuerza torpe.
Sólo los relámpagos nos sobreviven.
Todo esto he aprendido de ti
y sin embargo
mirar la estática de la tele vieja, 
de aquellos televisores
que ya no reciben ni en los basureros.
Ceniza de Bing Bang. Ven, astrónomo, 
y cuéntame tus abismos. 
Esa estática que nos choca 
en la cabeza siempre que remandamos 
un comienzo. Nada, que la radiación 
es antimateria ¿Por eso mata?
El cosmonauta
Me he ido y parece
que has hecho nido con mi cablería.
Has dejado tu rastro en microchips bajo los párpados.

Qué pasaría sin el silbido.
Qué pasaría sin las cabinas al desnudo.

Se abren pequeñas cápsulas de memoria explotan 
y se hacen otras  se abren pequeñas cápsulas.

Algunas cosas han cambiado desde tu carta.

Era verano.
El tope de un volcán
me recordó superficies lunares.

En la cima, un letrero que dice
prohibido predecir
nombres que nos descarnan.
Los niños de otra hora
predicen el futuro en sonetos
digitales, por eso es mejor no tenerlos
le dijo antes de partir.
Fantasma triangular,
quito todos tus platos de la mesa.
Eres el zumbido de un monitor
equidistante.
El trabajo de Hikari II
Poema Pi, diseño veloz del programa Moonz:
Leo a Libo e impar remanente en número ciego leo sobre arcanos estelares al ver árbol azul.
Conversación II
El otro día, palabras que no entendía(amor, ciencia, por ejemplo) las echamos a la lavadora. Las vestimos y vino el frío, la primera nevada . Anochece a las siete de la tarde, Nos da sueño. Llegamos a donde siempre, con un poco más de cansancio, Otras capas. El abrazo y el engranaje de la ventana son aperturas inversas que nos definen hacia lo vasto. El aire frío es verdadero, es amor, es ciencia. A veces recogemos la habitación cansados. Yo quisiera recogerla siempre, y guardar lo que se ha quedado mal puesto, regresar a ciertas formas que mejor nos cuidaron. A penas, digo algunas cosas a los más jóvenes y nos reímos. mirándonos a los ojos como si nada, o presentamos grandes filósofos contando las pequeñeces.
Presagios II
Llámame Láctea.
En el espacio tu cuerpo 
pegado a la ventana.
Cuando el ruido de una galaxia 
se rompa cuando las palabras 
del futuro regresen a tu boca
hechas alienígeno doméstico:
dentro de una botella      
un ovni lleva mensajes 
suaves y mojados
en la lengua        
de los extraterrestres.
Hikari veinte años después 
Una también le dice realidad al silencio y deja 
que la sábila le cuente pequeños ojos
aguardando en la puerta, porque un gusano de cerámica
podría ser un tiesto,
pero es un insecto que busca
la metamorfosis de la materia.
Maduk regresa joven del espacio
El niño galáctico me besa.
Su voz se escucha en zumbido-     
eléctrico fonógrafo       
exacto él, viajante de la luz    
regresa como un marciano joven 
¿qué cosmonauta a fuerza de cirugía te recibe? 
y aun desea el cuerpo envejecido 
y los metales pesados en el agua.
Su voz en cambio, placebo de sí 
olor a cuando había miel en el mundo.


Fragmentos de un poemario de próxima publicación .

jueves, 5 de mayo de 2011

Paseo Turco/ Tari Beroszi



     Caía el sol como una lámpara de sangre limpia. Hablábamos amenamente en la sala del apartamento. Un quinto piso. A lo lejos una hermosa vista del puente del Bósforo. De pronto el suelo comienza a temblar. Tú también lo sentiste porque sin mediar palabra me agarraste por un brazo, me arrastraste hasta el balcón donde, ya trepados en la barandilla, me doy cuenta que te dispones a saltar sin intenciones de soltar mi brazo.
     Antes de darme cuenta ya estábamos en el aire. ¡Estás locooooo, es un quinto pisooooo ! pensé decirte mientras caíamos. No pude. No tuve tiempo. Los pocos segundos disponibles había que dedicarlos a la oración.
     Llegamos al suelo intactos. Sin un rasguño. Era de noche. Decidimos dar una vuelta.

Tari Beroszi es profesora de fotografía en la Universidad del Sagrado Corazón.

jueves, 28 de abril de 2011

La marea de los muertos (fragmento)/Francisco Velázquez

El día dos de noviembre, a las cuatro de la tarde, plena marea de los muertos, caminamos lentamente entre la bruma y el salitre. Antes de salir, Fabienne insiste en ceñirse el cabello con una cinta azul celeste.
Nos detenemos a mirar un grupo de pescadores que no han salido a la mar y están en un ventorrillo donde venden cervezas y frituras.
Sé esto, que nada más preciso saber. En ese momento fluido, impreciso, cuando las sombras avanzan y se asienta breve el atardecer, vemos el resplandor lejano del cementerio donde se ha organizado un encendido de luces para la visita anual de los deudos.  Esa es la realidad palpable. Entonces se suceden deslindes importantes en el continuado de las cosas y quedamos encerrados en medio de círculos concéntricos que se mecen gentilmente y nos miramos desde lejos ella y yo, desde otro punto distinto al que ocupábamos segundos antes del misterio y la veo huidiza de formas como si estuviese iluminada desde atrás, igual que las láminas de la virgen y tengo la certeza de que antes y después de esto, hemos conversado cosas importantes y tratado asuntos de gran peso y vinculación; trae el momento la vibración de aires extraños que transportan ecos de otras gentes, de otros lugares tan lejanos como, por un decir, La Malacca Inglesa, y tan cerca como dos cabezas sobre una almohada olorosa a menta y suspiros y algo habrá tenido que ver la luz y unos pinos australianos cuyo olor se mezcla con el olor de los naranjos en un huerto cercano y ella pausa, me mira curiosa, como si se estuviese mirando ella misma al espejo por primera vez, o a través del espejo secreto de los descaros en un gabinete de mirones, y no podemos reemprender camino, anclados como estamos en ese escalón del evolutivo más elemental, en la esencia indiferenciada y entramos y salimos, ella en mí y yo en ella, en esta danza nueva de épocas y traen alcances íntimos esos gestos suyos tan deliberados, casi litúrgicos en su conformación, ante el asombro y el desvelo de lo que somos y entonces una sonrisa suya crece vagamente y deviene en carcajada de sonoridad encantada, como campanas en Pascuas y el brillo de sus ojos tan elocuente igual el leve temblor de sus manos tostadas por el sol cuando me acaricia el rostro; retomamos la tábula rasa, esa laja fulgurante de inocencias antes de la Caída y de los destinos que siguieron a ella, nada queda atrás, salvo las tinieblas por las cuales hemos transitado sin el mínimo temor y nos ha llovido luz nueva de polvo de las estrellas; todo transforma en ondas de levedad, sin peso específico ni asidero real y así, por ellas, nos movemos, desenvueltos, audaces, sin importarnos nada y la mirra y el incienso de los amores que traíamos para parcelar, para almohada de nuestros futuros individuales, los hemos intercambiado por el olor de la vida, el de los naranjos y el salitre y viajamos de la mano por las luces del tiempo, reventando de unicidad compartida, toda la eternidad mía recogida en la de ella; la suya en la mía y entonces me da tristeza porque habrá, o sepa usted si ya ha habido, quien se antoje de mí y tendré que enviarle el desengaño porque es Fabienne, no hay otra, ni antes ni después y otros labios y otras tersuras que ya ni me apetecen porque nos bastamos ella y yo e igual acontecen a ella las mismas cosas; todos nuestros alientos, encerrados, en un círculo perfecto como la luna llena en las noches claras, un círculo que toca ambos extremos de la nada y atraviesa el caudal de lo que somos, que recorre desde los páramos grises de un vacío al otro, con señaladas orillas, breves, que asoman a los acantilados de la nada y al centro de todo, la luminosidad incandescente donde nos desenvolvemos, la he visto yo con un traje amarillo verano bajando por el sombreado de una calle empedrada, desbordando de vida, con la misma fisura breve en el mentón y también de niña, dolidamente hermosa, como las que aparecen en las telas de los pintores flamencos, bucles y un pecherín bordado y almidonado, intensa y adivinatoria la mirada suya y habitamos lugares que sólo conocía por láminas: una habitación que mira a unos techos de terracotta mientras desayunamos duraznos, leche y pan untado con miel, sentados en medio de sábanas revueltas y ella limpia de mis comisuras el jugo de la fruta con un pañuelo de lino bordado y le acaricio la frente y me detengo al borde de un rizo salvaje que refleja la luz fría que penetra por la ventana y, en lo que toma pestañar,  nos mudamos a otro lugar, la Cochinchina o Ceilán --me parece por los aires frescos y suaves-- y ella me cuenta un secreto que ha aprendido allí-- aunque hay desconcierto porque en esta etapa Fabienne tiene veintitrés años y yo sigo con quince y está de pie frente mío-- desata su kimono y acerca su vientre a mi nariz y huelo orines dulces, lejanos y me habla que se toma sus orines, a la prima, cada mañana, media taza, me dice que es un calmante extraordinario y que en Asia le llaman la cura del urinario , cuyo balance se lo frota y se queda tal cual, embalsamada, hasta media mañana cuando toma su baño matinal para salir y entonces, obedeciendo, la sigo hasta el WC donde hacemos la matinal y nos orinamos mutuamente y el calor de nuestras alegrías son como la sangre que inunda y oprime el pulmón tras de una cirugía y el médico la extrae de un puntazo intracostal con un bisturí que la expele tan caliente que quema como un café recién servido y entonces retornamos a los giros de estas esencias del tiempo donde no hay pasado ni porvenir, sólo ese presente eterno, el soy trascendental de los místicos y echamos a andar por calles que en las realidades antes de esto, eran caminos nuevos que faltaba yo por pisar pero ahora los conozco; sé adónde dirigen.
Es la ruta del latido.
Imbricados como estamos en este universo concéntrico avanzamos y retrocedemos en el tiempo, siempre de la mano porque somos desde el inicio y duraremos más allá de dios y la eternidad, por el tiempo que queramos; se presta todo a la confusión, falta una medida de coherencia a mis pensamientos y me sobresalta verme desde una perspectiva aérea  y yago sobre un lecho de leña seca y huelo a la mantequilla con que aceleran la combustión de los muertos; ardo y no siento absolutamente nada mientras la busco entre las gentes con la mirada, viéndola de pronto frente a la pira funeraria, titubeando como las niñas cuando saltan la cuica y entonces se lanza sobre mí, su sari en llamas pero parece no dolerle y sonríe: esto también pasará, dice; entonces, en medio de la hoguera, me besa largo y leve en los labios, nuestro primer beso en esta instancia singular desprendida de la otra, la del fuego purificador, ahora cuando han regresado los equilibrios del universo.  Tras de un momento el beso se sale de todo control y ella suspira, cierra los ojos e impulsivamente me besa los labios, los ojos, el rostro y veo con horror cómo sale del círculo, del vórtice que ocupábamos, y se ase de una brizna de realidad como el que se ahoga en un río turbulento y agarra el arbusto que está en la orilla y aunque la veo alejarse, siento su aliento; el beso ha sido un broche por el cual se ha escapado pero allí, en la intimidad de ese encantamiento que aún me estremece, nos hemos observado con especificidad científica, como se mira bajo una lupa a las mariposas atrapadas en un reguero ambarino, inmóviles, intactas, eternas...
--¿Sentiste lo que yo?
--Sí, murmura con serenidad.

martes, 26 de abril de 2011

C.R.E.E./ Gretchen López


     No terminaba de gritar, ¡hostia! cuando ya el primero había irrumpido en mi buhardilla rompiendo el cristal de la puerta corrediza. Entraron por el balcón. El sordo del piso de arriba debe haberles dado acceso. De otro modo no sé como en los cielos lograron estar allí justo en el momento correcto. Una vecina me lo había advertido, que mis conjuros se escuchaban, al menos entre los apartamentos cercanos. Alguien me estaba vigilando hacía tiempo. Ese bendito sordo. Estoy seguro que escucha. Por sus frutos los conoceréis.
     También me habían contado las historias, hasta ese momento inverosímiles, del Comando de Restauración del Estado Espiritual. La primera vez que supe de ellos fue en esta misma barra. La bartender había cumplido 3 años de penitencia por romper una Biblia. En verdad la había reciclado. Era de su devota abuela que acababa de morir y le había dejado en herencia su Biblia. Le encomendó la leyera para que fuera salva ella y su casa. Que el señor podía, por fe, quitarle hasta los tatuajes así como a ella, por la oración intercesora de un conocido apóstol, le había platificado una muela. Claro, en tiempos en que el CREE no hacía falta. No quiso hacerle desplante a la abuela por lo que se le ocurrió usar las páginas del libro como parte de un cuadro. Era artista la chica. Así que justo en la apertura de la exposición, tres miembros del CREE la abordaron en la galería. Le entregaron el interdicto y la citaron. Se llevaron el cuadro también. El juez dictaminó la sentencia tan pronto como los miembros del comité expusieron los hechos. Además se le acusaba por llevar emblemas paganos en la piel  según establece el Código Legal Judiomesianico. Tuvo que hacerse miembro de la iglesia de su predilección y evidenciar su presencia en los cultos por un periodo de tres años. La chica escogió los adventistas del séptimo día porque trabajaba la barra los sábados en la noche. Así podría justificar dormir los domingos hasta tarde. Era en los años en los que el CREE era una joven institución de sanidad. No estaban tan bien organizados. El Capitolio se lo cedieron unos años después, cuando ya habían crecido.
     Para cuando intervinieron conmigo la cosa estaba mejor establecida. La campaña mediática, los Jefes de Tribu, los jueces los sacerdotes, levitas, rabís de caso, apóstoles regionales, adoradores de campo, diáconos de comunidad. Cada iglesia debía rendir informes acerca de sus esfuerzos particulares por propiciar y mantener un clima espiritual sano en sus respectivas comunidades. Pensándolo bien, así deben haber llegado a mí. La vecina del 14 era una viuda muy activa que se aferró al CREE porque su esposo fue diagnosticado con Parkinson y un día después de un culto en su casa, dejo de temblar. Desde entonces era promotora incansable del Código de Conducta Judeomesianico.
     El CREE llega en grupos más grandes ahora. El día que intervinieron conmigo yo conté siete personas. Después me enteré que siempre van siete porque es el número divino. Si la intervención es grande, el comando aumenta en múltiplos de 7. Como la vez que entraron en aquel putero de Santurce. Eran 72. Se llevaron 6 putas y 66 clientes. Dos eran jueces del mismo CREE. A la ley y al testimonio.
     La verdad ese día me había levantado por el lado izquierdo. No sonó la alarma. No había agua. Ya estaba tarde para el trabajo cuando recordé que debía imprimir unos documentos antes para llevarlos al correo. El ordenador se frisó. Fue entonces que se agotó mi paciencia y grité con fuerza, con ganas. De la abundancia del corazón habla la boca. Hasta ese día pensaba que el CREE era un invento de la gente o un par de fanáticos con deseos de importunar. Pero están entrenados. Tienen uniformes, tácticas, insignias, códigos. Algo escuche de Alpha y Omega. Armagedón. Operación Daniel y los leones. Romper el Arca...
     Los uniformados entraron por la fuerza. Eran 4. Me pusieron de rodillas con el rostro en el suelo. Yo estaba desnudo como David cuando danzó en el templo. A pesar de lo invasivo de su intervención, fueron corteses dentro de lo posible. Uno de ellos fue hasta la entrada y le abrió a otras tres personas. Cuatro y tres son siete. Una mujer y dos hombres. La mujer se arrodilló junto a mí. Puso el rostro en el suelo igual que yo. A la misma distancia de mis ojos me preguntó que si sabía quiénes eran y porqué estaban allí. Le  pedí que me pusieran de pie, que tenía problemas en la espalda. - Bienaventurados los que sufren, porque ellos serán consolados- dijo una voz desde arriba. Se dobló para presentarse. -Soy Pablo. Apóstol local para el CREE. Quise venir personalmente a intervenir contigo. Por lo regular se encargan los diáconos pero el tuyo era un caso bastante mencionado. Ella será tu Rabí, me explicó señalando a la apacible joven.  
¿Sabes lo que hiciste?- 
-Sí, me cagué en la hostia, que en mi fragmentada construcción moral no tiene ninguna jurisprudencia.- 
     Todos hicieron silencio y, como autómatas, los que estaban de pie cayeron de rodillas. Les escuché susurrar apenas unas palabras, casi mantras. Entonces todos se levantaron e hicieron lo mismo conmigo.
     La mujer, que por cierto era hermosa, haló una silla del comedor y me la ofreció. Mariana Cruz, se llamaba. Nos teníamos que ver todas las semanas. Mujer virtuosa, ¿quien la hallará? Comenzó a explicarme los pormenores de la intervención. 
-El CREE es un comando especial, la representación ciudadana de una comisión conjunta de esfuerzos para salvar a DIOS. Si no existimos DIOS se desintegra y si DIOS se desintegra, la tierra, como la conocemos deja de existir. El CREE existe para mantener el balance del Universo. Nuestros esfuerzos mantienen el ejercicio de la fe activo y de esta manera aseguramos la persistencia cósmica de DIOS. Verás. DIOS es una fuerza sostenida por el ejercicio humano de la FE. A más Fe, más DIOS y viceversa. Nuestras intervenciones sirven para asegurar el equilibrio porque DIOS sin el hombre, se desvanece. Sé que no entiendes ahora, pero en la medida en que asistas a las reuniones semanales iras atando cabos. No vas a ir preso. Solo estamos aquí para asegurarnos que cumplas con tu porción de FE. Conocerás la verdad y esta te hará libre.
     El tercer hombre nunca se presentó. Anónimo. Básicamente oraba. Se mantenía con los ojos cerrados casi todo el tiempo. Apenas daba dos pasos y se detenía otra vez. Volvía a cerrarlos. Sé que oraba porque movía los labios pero decía Amén con fuerza. Luego supe que era un adorador de campo. Tienen uno de ellos en cada intervención y que el mío era el más diestro.
     Como a la bartender, a mí también me dejaron un interdicto. Me echaron 4 años y un semestre de clases bíblicas en el Instituto Teológico que por supuesto paga el CREE. Hace un mes que terminé mi tiempo. Escogí una congregación metodista porque no me gusta el alboroto ni eso de las lenguas. He seguido asistiendo a la congregación porque me gusta. Mariana va de vez en cuando. Además se come bien después del culto. Hoy el pastor habló de la visión de los huesos secos. Después del almuerzo me dio por una cerveza. Espero que DIOS no se afecte tanto por eso. Es que hace un calor profético. Me pregunto si el CREE está consciente de eso. Del calor que es cada vez más imposible. Y la ola criminal. Tal vez por eso lo hacen, lo de irrumpir en la vida de la gente y ponerlos de rodillas.

Noche desde Ucrania II/ David Caleb Acevedo







Febrero vino para decirme que el negro es el color inmediato de las palomas durante el día
como la sombra de los párpadosde un parque
que sirva para proveer las sendas entre individuos con supuesta inteligencia emocional
porque todavía recuerdo a aquella viejita artista
quien bajo el eterno barrunto de algún campo de concentración
          bajo estrella de seis puntas azul
tomó un cartón, el hollín y el sucio de su propia mierda
y dibujó su autorretrato.

Marzo me trajo las girasoles de Van Gogh
¿por qué girasoles si faltan las orejas
que no cubren la falta de querencia en los veranos?
Y es que en Ucrania el cielo siempre es gris, azul gris, negro gris
y los fantasmas se acercan por aquello de la búsqueda de intimidad.

Mayo llegó como dijo Eliot buscando el mes más bello
pero mayo me dejó solo
buscando cuál sería exactamente el pueblo de mi infancia
y es que no lo hay
si la carencia rima con querencia.

Junio es un asterisco demasiado frío para las playas sucias del norte
y las infestadas de tiburones del sur.
Julio me trajo las remembranzas de febrero y marzo por ser el segundo y el tercero
segundo fue mi hermano, y tercera mi hermana
segundo fue el abuso de las costillas rotas
tercera la mano amiga que unió los tejidos
para darle lo que tienen los bosques en Ucrania:
hojas, raíces, vamos a arreglar esos pulmones
dame el sol que dibuje un cielo más claro aunque no sea azul, sino gris con amarillo
dame el sol de Agosto
que finalmente traiga de vuelta los queridos de mi carencia
dame Agosto las vestiduras uniformes de las escuelas,
los restaurantes de comida rápida en hora de almuerzo
y las filas largas de los que buscan algo de ayuda en este país tan bello.

Septiembre me devuelve la lluvia y por ello
le agradezco su presencia luego de tanto calor y tanta cuaresma.
Septiembre con su infinita sabiduría de Saturno
me dicta los versos que evitarán que los padrastros se coman a sus hijas
y las madres abandonen los fetos en la esquina de algún centro comercial.

Octubre termina mi año, porque en los bosques de Ucrania
todo da igual, gris, amarillo, hojas, árboles en eterna hambre
y me pregunto si podré,
con la mugre, con cartón y con mi mierda
pintar mi cruel autorretrato.

jueves, 14 de abril de 2011

FALKIANS PHOTOS/ Dan Dalion



Three days later Malcolm’s sense of smell came to his aid. 
“Something is rotten”
“Are you Marcellus?”
“What are you talking about?”
“Hamlet, act 1, scene 4”
“Shit. I’m talking about something really…messy”
Malcolm wrinkled his nose again. 
“Wow”, he said, “something is dead”.
“Something big”  Grez agreed.  “A horse, maybe?”
“A horse, here? I don’t think so”.
“Well, then…a dead falkian?”
“Let’s find out”.
“ Do I look like a bloodhound to you?” asked Grez, hands up, like being robbed.
They left the aircycle near the pines by the side of the track. No one would steal it. As far as Malcolm knew, they were the only people for miles around. The two plunged into the woods, both of them carrying shotguns. Soon Grez realized that he, indeed, was no bloodhound. And tracking by ear or sight was not very easy. It was midday, but the dust flying in the air and the dark shadows of the trees, made the search more difficult than he expected. He tried to decide were the stench was stronger. Malcolm, however, looked like he was on a field trip. He had gone off in another direction and was out of sight.  Grez thought about Abby. Remembering her, right now, was really distracting. He couldn't help it. He was in the verge of quitting. He wanted to return to the base right now, but then, from the edge of the meadow, Malcolm called, “Grez, I found it!
He ran toward him, his heart thumping. “ It’s a…?" he asked.
“See for yourself”. Malcolm pointed to a lump of meat that lay among the grass and weeds.
“ Looks like a dead falkian. Let’s get out of here” said Grez, softly.
“C’mon, first you started talking like Hamlet or whatever, and now you want to leave this, without even taking a photo? Are you fucking crazy?”.
“No shit. There are fucking shiny blue flies still buzzing above…it”.
“ And horned beetles”.
The truth was Grez had a sensitive stomach. He liked to find falkians alive. Then he could take hundreds of photos, return to the base and make a confirmation: yes, there are some falkians out there. He really didn't care that much. It was just his job. Those mutant ugly bitches were really fucking lizards walking like humans. You couldn't even eat them. 
“Why do you want to leave?” Malcolm asked.
“Well, this... thing is dead, and as far as I know it means there could be living things around. Maybe the one that killed this one is still near”.
“How do you know this… thing was killed? Maybe it was sick and…”
Grez walked out to the falkian. “Look. He has a huge wound in the center of his chest”.
“HIS chest?"
Grez started to ger nervous. “What's with the questions?” He asked.
“I’m just…curious”.
In fact, it was not very easy to determine male from female. It was not still clear if falkians were there before the terraformation. That was the point. Maybe they were part of the zoo engineering project. Maybe not.  Anyway, they were elusive as hell. It was very difficult to study them alive. Killing was not a good idea. Maybe there were a million of them. Maybe a hundred. Who knows.
Both were sweating heavily, although the day was mild. As it has been for the last 103 years. The dust was still there. Humidity was extremely high. Grez started to feel like ants were crawling over his bones. Malcolm said something and Grez didn’t understand what was he saying. 
“What?” he asked. 
“Man, take some photos, please. Do your job. It will only take a minute”. 
“Damn! OK!” answered Grez, leaving the shotgun in the grass and taking out his camera.
He realized that it was the same camera he had used two weeks ago to take some beautiful pictures of Abby. That was a very cool time. It felt good. And then, less than a week later, she just wrote to him. “It’s over. I can’t stand it anymore. I love him”. Three days ago, she just vanished. 
Now he was here, about to take photos of a dead falkian and Malcolm was right by his side, looking peacefully toward the meadow. Grez approached the corpse as close as he could. For the first time he could hear birds singing. This meant it would be night soon. He shot some random photos and then used the zoom to concentrate on details of the dead thing. Six, seven stills. Suddenly, he felt like winter had just arrived in a second, freezing his entire body. The dead falkian had a thin gold chain still attached to its neck. He wanted to vomit. “Jesus fucking Christ” was the only thing he could say. He felt Malcolm’s presence, just having a good time by his side. 
“Sniff, sniff. I smell fear” said Malcolm.
“How can you do that?” 
“What? Oh, C’mon, you two could do that, and I can do this. If you were in my shoes, you would do the same. Don’t worry. It will be flyblown by this time next week. What the hell? Your work will keep her memory alive, you motherfucker” Malcolm said, smiling, aiming the shotgun to Greg’s chest. 
“Malcolm, we were just flirting”.
“And now you are flirting with death”. “Man, this feels really good”, he added.  “Can you take a picture of me, right now?” 
Grez didn’t answer. Malcolm repeated the question putting the barrel of the shotgun to Grez’s forehead. This time he said yes, quietly. Malcolm took two or three steps back and stood still. He saw the flickering red light of the photo being taken. “Nice. And now I have to finish my job”. 
“ Please, don’t kill me”.
Malcolm lean onto the corpse, keeping the shotgun aiming the other man. He took the gold chain and put it into a little plastic bag. “Now, keep taking photos motherfucker. It is a dead falkian, indeed. I knew you two were having an affair.  Hey, it’s cool. That’s life under the sun and under the dust”.
He kicked some rocks, with disdain. He looked at Grez with a smirk on his face and start talking again.
“You see, in isolation there is a risk of making the trivial essential. She told me a week ago. Then she left…out of guilt, or just tired of all this shit. She left her little golden chain in my room”. Apparently, Abby, Dr. Layla Abraham, biologist and a pretty good singer, took a stress leave and flew to the InterStation for medical treatment. Grez's mouth fell. He felt  like he was melting from inside out. Could he believe what Malcolm was saying?
“I have finished my labour here” said Malcolm. He started to walk back to the aircycle. Grez ran toward the shotgun he had left on the grass. Picked it up and prepared to rip Malcolm’s head off.  He pulled the trigger. Nothing happened. He just heard Malcolm’s voice: “Grez, your shotgun has no charge. It isn't loaded. I’ve everything well planned”.
The man sat on the floor in disbelief and heard the sizzling sound of Malcolm’s aircycle going away. He waited for a long time, thinking random thoughts like how the centrifugal compression cools the aircycle or how Abby beat him every time they played chess. It was a pitch black night. As usual. He cleared his mind. He would stay there, quietly. In the red morning he would walk slowly but steadily toward the base. He will be there in five or six hours. “No reason to be pessimistic.  Maybe Dr. Merbold will find me. He'll be looking for rocks and things in ancient river beds” he joked to himself. He closed his eyes. Major Grez, the finest pilot in the world, couldn't stop thinking about why he was there, in the middle of a slow terraformation, working as an overrated photographer. He had started doing it because Abby needed help. When the late Dr. Falkian found those strange creatures, Abby was just an apprentice. She took the photos. When a creature tore the doctor apart Layla Abraham, bravely (weirdly) took his place. The creatures were named after the deceased. He, the pilot hero of the Last War, became a monster paparazzi. 
He tried to be cool. Noises. Distant cracking sounds. A sizzling. He stood up, just in time to see the glowing eyes of a falkian, running towards him. Then he did a strange thing. He took his last photo. Not bad at all.


Dan Dalion es un escritor de ciencia ficción. Actualmente reside en Toronto, Canadá, donde administra un negocio de expendio de licores.