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sábado, 16 de julio de 2011

Con mantequilla/ Rafah Acevedo


      
Cuando niño untaba mantequilla al pan. Todos éramos felices. O ignorantes, que es algo parecido. Sin embargo, poco a poco, nos fueron prohibiendo ese delicioso pecado. 
        Creo que fue poco después de que el hombre llegara a la luna. Mi padre comenzó a hablar del corazón, del colesterol y las grasas saturadas. Aparecía en la prensa, según recientes estudios. La mantequilla, esa asesina seductora, nos mataría a todos con una lentitud perversa. Primera vez que escuché que el placer estaba reñido con la longevidad. Pasé días mirando al vacío o a Titanes en el ring tratando de entender porqué era así de injusta la vida. 
        En dos semanas esa angustia desapareció. Otras cosas llenaron mi inquietud. La mantequilla dejó de ser pecado.
        Eso, hasta que al cumplir cierta edad comencé a preocuparme por las grasas saturadas  y el corazón. Le dije adiós a la seductora, la más delicada comida entre los bárbaros, según dijera Plinio.
       Investigué. Descubrí  que el mundo está lleno de placeres sin mácula. La mantequilla aparece en los refrigeradores  sin grasa, con omega 3, sin sal, con omega 6, sin sabor y vaya usted a saber.  Y la prima margarina va por el mismo camino de la redención.     
       Así tropecé un día con el ghi. Una revelación. Una suerte de mantequilla hindú para rituales religiosos, encender lámparas, y comer. Mejora la memoria. Promueve un aumento en la calidad y cantidad de semen. Para que uno no se olvide.
      ¡El mundo permite tantas opciones!  No hay modo de no ser feliz. Es una obligación. Si quieres ser delgado o gordo,  si tienes deseos de vivir larga vida o morir poco a poco, hay una cosa para ponerle al pan esperando por ti. Todos seremos felices.  Untaremos algún alimento graso a lo que tengamos a mano para expresar nuestra libertad. 
Y no es sólo la mantequilla la que nos da tantas opciones, es el sistema de vida occidental, si se quiere...¿acaso el pueblo norteamericano no tiene la oportunidad de escoger a su presidente libremente? ¿Acaso ese presidente, escogido como Premio Nóbel de la Paz no escoge formar parte de los que bombardean a Tripoli para proteger a los rebeldes, que son tantos y de tan diversas tribus que todavía no escogemos a qué intereses responden? 
No se me confundan, hablo de mantequilla y democracia, ¿recuerdan? Y no creo que haya nada más democrático que la mantequilla. Hasta se puede bailar un último tango en París con ella.

lunes, 11 de julio de 2011

Escribir en Barcelona

Si me preguntan digo que vivo en Barcelona. Específicamente en Carrer Casanova. De modo que, como cualquier escritor latinoamericano que se respete a sí mismo, salí de mi país y llegué al lugar en el que se encarnan o se empapelan tales oficiantes.

Sin embargo, no soy latinoamericano. Escribo en español. Eso es todo.  Ni mi país ni yo aparecemos en los catálogos.  Eso me hace libre. O quizás me convierte en otro tipo de esclavo.

Si pudiera escoger la banda sonora para estas palabras tendría que decidirme por Maelo. Ismael Rivera. http://www.youtube.com/watch?v=GdYSqWaeF5I Lo he escuchado cantado por ecuatorianos en la calle, en Raval.  Ahora bien, ¿qué pasa si decido que Ella Fitzgerald es un fondo más apropiado? http://www.youtube.com/watch?v=1j6avX7ebkM ¿Se me permitirá ser caribeño a la sombra de esa voz? Si decido, voluntarista, que mi fuente es James Joyce o Thomas Pynchon, ¿se me permitirá hurgar en esas letras?

Vine hasta aquí sin que me interese darle vida a una muchacha de caderas anchas con una piña en la cabeza. O mejor, darle papel a un travesti de acento peculiar. Si aparece, bien. Pero no es necesario. Si lo fuera me quedaba en casa.  Sólo quiero herir tus sentimientos con mi aspereza, para que me recuerdes. Quiero humillarte con mis citas sin adjudicarles fuentes, o con imposturas, una tras otra, mientras le miro las piernas a unas chicas que pasan por la Rambla. Luego voy de regreso a Carrer Casanova y escribo un poco de ciencia ficción, policial, algún poema en el que no madura ninguna jodida fruta tropical.

Quizás es una trampa. Mi aspereza, mi modo de herir, es demasiado parecido a manejar una piña sin guantes. Pero al final es dulce, nena. Así quiero escribir.