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jueves, 4 de agosto de 2011

sábado, 16 de julio de 2011

Con mantequilla/ Rafah Acevedo


      
Cuando niño untaba mantequilla al pan. Todos éramos felices. O ignorantes, que es algo parecido. Sin embargo, poco a poco, nos fueron prohibiendo ese delicioso pecado. 
        Creo que fue poco después de que el hombre llegara a la luna. Mi padre comenzó a hablar del corazón, del colesterol y las grasas saturadas. Aparecía en la prensa, según recientes estudios. La mantequilla, esa asesina seductora, nos mataría a todos con una lentitud perversa. Primera vez que escuché que el placer estaba reñido con la longevidad. Pasé días mirando al vacío o a Titanes en el ring tratando de entender porqué era así de injusta la vida. 
        En dos semanas esa angustia desapareció. Otras cosas llenaron mi inquietud. La mantequilla dejó de ser pecado.
        Eso, hasta que al cumplir cierta edad comencé a preocuparme por las grasas saturadas  y el corazón. Le dije adiós a la seductora, la más delicada comida entre los bárbaros, según dijera Plinio.
       Investigué. Descubrí  que el mundo está lleno de placeres sin mácula. La mantequilla aparece en los refrigeradores  sin grasa, con omega 3, sin sal, con omega 6, sin sabor y vaya usted a saber.  Y la prima margarina va por el mismo camino de la redención.     
       Así tropecé un día con el ghi. Una revelación. Una suerte de mantequilla hindú para rituales religiosos, encender lámparas, y comer. Mejora la memoria. Promueve un aumento en la calidad y cantidad de semen. Para que uno no se olvide.
      ¡El mundo permite tantas opciones!  No hay modo de no ser feliz. Es una obligación. Si quieres ser delgado o gordo,  si tienes deseos de vivir larga vida o morir poco a poco, hay una cosa para ponerle al pan esperando por ti. Todos seremos felices.  Untaremos algún alimento graso a lo que tengamos a mano para expresar nuestra libertad. 
Y no es sólo la mantequilla la que nos da tantas opciones, es el sistema de vida occidental, si se quiere...¿acaso el pueblo norteamericano no tiene la oportunidad de escoger a su presidente libremente? ¿Acaso ese presidente, escogido como Premio Nóbel de la Paz no escoge formar parte de los que bombardean a Tripoli para proteger a los rebeldes, que son tantos y de tan diversas tribus que todavía no escogemos a qué intereses responden? 
No se me confundan, hablo de mantequilla y democracia, ¿recuerdan? Y no creo que haya nada más democrático que la mantequilla. Hasta se puede bailar un último tango en París con ella.

lunes, 11 de julio de 2011

Escribir en Barcelona

Si me preguntan digo que vivo en Barcelona. Específicamente en Carrer Casanova. De modo que, como cualquier escritor latinoamericano que se respete a sí mismo, salí de mi país y llegué al lugar en el que se encarnan o se empapelan tales oficiantes.

Sin embargo, no soy latinoamericano. Escribo en español. Eso es todo.  Ni mi país ni yo aparecemos en los catálogos.  Eso me hace libre. O quizás me convierte en otro tipo de esclavo.

Si pudiera escoger la banda sonora para estas palabras tendría que decidirme por Maelo. Ismael Rivera. http://www.youtube.com/watch?v=GdYSqWaeF5I Lo he escuchado cantado por ecuatorianos en la calle, en Raval.  Ahora bien, ¿qué pasa si decido que Ella Fitzgerald es un fondo más apropiado? http://www.youtube.com/watch?v=1j6avX7ebkM ¿Se me permitirá ser caribeño a la sombra de esa voz? Si decido, voluntarista, que mi fuente es James Joyce o Thomas Pynchon, ¿se me permitirá hurgar en esas letras?

Vine hasta aquí sin que me interese darle vida a una muchacha de caderas anchas con una piña en la cabeza. O mejor, darle papel a un travesti de acento peculiar. Si aparece, bien. Pero no es necesario. Si lo fuera me quedaba en casa.  Sólo quiero herir tus sentimientos con mi aspereza, para que me recuerdes. Quiero humillarte con mis citas sin adjudicarles fuentes, o con imposturas, una tras otra, mientras le miro las piernas a unas chicas que pasan por la Rambla. Luego voy de regreso a Carrer Casanova y escribo un poco de ciencia ficción, policial, algún poema en el que no madura ninguna jodida fruta tropical.

Quizás es una trampa. Mi aspereza, mi modo de herir, es demasiado parecido a manejar una piña sin guantes. Pero al final es dulce, nena. Así quiero escribir.

miércoles, 8 de junio de 2011

El sucio policial caribeño

     ¿Por qué gusta tanto lo policial? La trilogía Millenium del escritor sueco Stieg Larsson, protagonizada por una hacker aproblemada y sexy junto a un periodista socialmente comprometido, ha vendido millones de libros. La moda ha permitido a otros escritores del género aumentar sus ventas.

     Para el escritor Edmundo Paz Soldán el auge de lo policíaco es originado por el reconocimiento de ciertas expresiones del espíritu de los tiempos. Vivimos en tiempos paranóicos, señala. Y nada mejor que lo detectivesco para reflexionar sobre perseguir y ser perseguidos.

     ¿Qué dicen los expertos de antaño? El cineasta soviético, Serguei Eisenstein, a la pregunta ¿por qué gusta tanto el género detectivesco? respondía de manera precisa: porque es el género más eficaz. Está escrito, dice, con tales medios y planteamientos que sujetan al lector con la lectura como ninguna otra cosa. Es la forma más abierta del slogan fundamental de la sociedad burguesa sobre la propiedad. Por su bajo nivel temático y por su modo simple comunicativo, es el mejor medio para la extorsión del dinero. Suena duro, pero Eisenstein nos señala que ese contenido y esa forma sólo representan la sed por las grandes tiradas.
   Sin embargo, el director de El acorazado de Potemkin nos da un alivio.  Cuando el género policiaco se reviste de literatura de alta calidad pueden producirse joyas como Crimen y castigo o Los hermanos Karamasov de Dostoievski. Es un buen modelo, creo.
   Si uno lee la prensa diaria o mira los noticiarios, verá que el asesinato es considerado una de las bellas artes de la comunicación comercial. Es primera plana. Vende. Porque le pasa a los demás. Porque sobrevivimos. Y nosotros, espectadores somos inocentes. ¿Eso queremos creer?
   Prefiero la maldad de Francisco Velázquez en sus novelas. Hay una mujer detective. Inteligente. Valiente. Sexy, por supuesto. No digo que El muro que guarda el rosal parezca escrita por Dostoievski. Pero es una joya tropical. Sucia. Brutal. Porque somos culpables. Todos.

http://www.amazon.com/Muro-Que-Guarda-Rosal-Detectivesca/dp/1451586078
http://ficciologia.blogspot.com/2010/11/el-muro-que-guarda-el-rosal-de.html
http://www.smashwords.com/books/view/43578

miércoles, 25 de mayo de 2011

La rotura/Odette Casamayor


     




Love is a spark lost in the dark, too soon, too soon.
Speak Low, que escribió Ogden Nash, que cantó Billie Holiday, en remix de Bento.
Coming to break you off! I’m coming to break you off! Coming to break you off! Off! Off! Me instalé en el iPod la selección de remixes. En random. El original de The Roots se repetía a veces, aunque ese día precisamente –no siempre- la versión de Physics Bootleg era mi preferida. Trepidante. Sólo así ensordecida dentro de un flow circular pudo cortar transversalmente mi cuerpo la muchedumbre atravesada en Houston y Broadway, a la salida del subway. En todas sus versiones, Coming to break you off. No escuchaba nada más allá de las rimas. Como si el mundo afuera permaneciese ágil pero mudo y dentro de mí toda la música posible. El beat haciendo andar las piernas, ordenando inapelable desde la más recóndita célula. Podía ser lo mismo New York que Dakar. Iba el cuerpo solo. Breaking. Incluso sin tener muy claro qué romper. Sabe bien mi cuerpo sin embargo que si atravesaba en diagonal la gasolinera encogía camino a Prince. Pero yo no sabía. Sólo mi cuerpo. Lo seguía. El ritmo en los oídos en la sangre y el cuerpo navegando sin querer dejándose arrastrar hasta la esquina de Prince con Crosby. Ahí está el Savoy, un pequeño restaurante con su barrita y la carta de vinos que me gusta pero que en realidad no está en New York. Ni en Dakar. Tampoco en Madrid.
Yo sugerí el encuentro. Recuerdo. No hay entonces error de orientación. Fui yo quien dio cita en el lugar discreto, pequeño, smooth, smooth, cerca de todo, o al menos de todo lo que me pueda interesar. ¿Para qué lo habré hecho? La música cool, para gente relajada. El rap lo traigo yo en mi cabeza, de eso nadie tiene que enterarse. Me gusta el Savoy. Un buen Bordeaux borraría la desilusión si fuese necesario. Exquisita la cena si la buena suerte nos acompañaba y de una en una las palabras se juntaban y se hiciera posible continuar a más. Debería estar relajada como la clientela del Savoy. Pero, Coming to break you off!, al salir del metro con todas las preguntas aún flotando en el aire frío de marzo, todavía no puede saberse por qué para qué hacia quién iba mi cuerpo camino a Crosby y Prince.
Durante años lo odié. Sin explicaciones. El llano odio tranquilo pero seguro cerrándose hacia el epicentro del cypher. Off! Off! Off! Tampoco imaginaba qué había pasado con él. Cabía sin embargo suponer que, 20 años escurridos, convertido Antonio en temido agente literario, no podía perder mucho tiempo conmigo y apenas me esperaría durante los típicos 5 minutos de cortesía. Por eso había llegado lo más tarde posible, con la deliberada y secreta esperanza de no encontrarlo aún acodado a la barra del Savoy. Solía aparecer más o menos tarde en todas mis citas porque, aunque ahora calzase Manolo Blahnik y desayunara bagels, pancakes, eggs and bacon en lugar de sólo croissants y café, yo seguía aplicando mi reglamentario quart d’heure parisien. Pero esta vez la tardanza contenía toda la perfidia, toda la alevosía. Cualquiera que no fuese yo habría seguido en el 6 hasta la estación de Spring y Lafayette y caminar apenas ¿cuántas? ¿una, dos calles?, sin tener que atravesar la multitud, elegantemente, en suave taconeo Blahnik, aparecer serena en el Savoy, cool. Cualquiera menos yo, empecinada en llegar tarde y con el ceño fruncido, preguntando, preguntándome por qué, y sin responder porque secretamente sabía que no habría incógnita ni respuesta, sólo deslizarse como se puede, a contracorriente, con suma lentitud, hasta lo incierto, y ahí seguir. Una vez fuera del metro en Houston me demoré aún más buscando alargar el tiempo, como si fuera elástico, obligarles a las horas a sacar voz y que lanzaran de una vez las respuestas necesarias. ¿Para qué había llamado a Antonio? ¿Por qué respondió? ¿Qué haremos en el Savoy, él y yo 20 años después de todo?
El odio que se sedimenta y el vasco Antonio era el culpable de que yo fuese quien ahora soy. Esa que cae sin fondo. De cama en cama cada vez más lejos de mí misma. Aunque tampoco supiese dónde se escondía ese “mí misma” del que había salido inicialmente. Quizás por eso estaba ahora tras Antonio, esperando descubrir las coordenadas de lo que se supone sea yo, la que ya no soy; yo detrás y dentro del churre de sábanas siempre más y más decadentes, años y años, uno después del otro. Yo bajando a mi vejez. Antonio el primero. O el último, según se mire desde adelante o por detrás. Todo es cuestión de perspectiva.
Atrás… buscaron mis labios una risa cómplice pero no había nadie para reír conmigo. Reí entonces sola. Por atrás no me gusta. No sé por qué ni recuerdo bien cuando dejé de ponerme en cuatro patas y aceptar hombres entre las nalgas.
El primero en conocer mi cuerpo de mujer, el último que me vio de niña. Me gustaría saber si recuerda este detalle. Preguntarle a Antonio si se acuerda de haberme roto el himen 20 años atrás en un hostal de la Gran Vía. ¿Qué fui antes? ¿Existirá algún fósil de la niña que fui? ¿Lo conservará en una cajita tapizada de fieltro, como un diente de leche? De repente, me paré en seco, a punto de entrar al Savoy. Suena muy raro todo esto. I’m coming to break you off… era entonces un remix smooth demasiado smooth. No encaja si recuerdo a Antonio tan bello y tan vasco. Ni siquiera sé de quién es esta versión. No parece lo que es pero nada lo parece nada es y hay que seguir adelante. Me sacudí la mente. Al final todo es un poco mórbido. No raro. Apagué el iPod. Sólo mórbido. Un himen en caja de fieltro negra. Correr y perderme. Siempre es bueno perderse. Si me pierdo no tengo que preocuparme por recordar quien fui antes. Pero ahí estaba infestada de preguntas, tentada de preguntarle a Antonio si recordaba haberme roto el himen 20 años antes una noche de principios de junio en Madrid. Yo recuerdo. La película de los Blues Brothers. Nunca los volví a escuchar. Ni por casualidad. Ni siquiera en remix. Pero entonces, pocas cervezas. La noche escasa de los tiempos equinocciales. Un club de salsa y Antonio y sus manos y su lengua y yo sin saber muy bien qué estaba pasando. Desde la oscuridad de un cuarto en la Gran Vía aún me llega cierto perfume como de almizcle que no he vuelto a oler. Salía de su piel y en medio de mi olvido aquella noche sin embargo recuerdo como lo sentía entrándome por los poros, el almizcle. Sin desearlo a él el más bello entre los hombres comienza a suceder lo que yo más quería que pasara. Antonio más bello que un Adonis. Yo no lo amaba pero ansiaba dejar de ser virgen. Tras las caricias que no puedo recordar, fue la angustia porque mi himen parecía esconderse más y más, según él me penetraba, como retrocediendo adentro. No queriendo que aquello pasara de una vez. Desesperada yo deseando solamente la rotura. El cuerpo no quería. Yo sí. Nunca pregunté qué querría el vasco Antonio.
He entrado al Savoy. Él ya no está en la barra. Sonaba un remix muy suave de alguna canción de Billy Holiday. Debería haber pedido un vino. La selección del Savoy es excelente. Ordené en cambio un vodka Martini. Speak Low, creo que pasaban Speak Low. ¿Será aún bello el bello Antonio?, me asusté. Pero I am coming to break you off. Antonio. Con Grey Goose. ¿Por qué me expulsó entonces? Todavía pegada en la memoria la rima de The Roots. A pesar del meloso lullaby de la Lady Day en remix. Break you off. Dirty? No, just two olives. Y recuerdo. Si recuerdo, de repente, sólo entonces el rapeo en mi cabeza se detiene.
Creo que cuando al fin ocurrió lo que yo quería que ocurriese suspiré, más que chillar que es lo que parece que les pasa a las chicas cuando les parten el himen, en las películas al menos. Nada de aullidos en mi primera noche. No recuerdo haber sentido dolor sino alivio. Y luego en la mañana buscaba las manchitas de sangre en las sábanas para estar segura de que había sucedido al fin, que ya era libre. Sólo quien está roto empieza a perderse, comienza a ser libre. Demasiada libertad la mía. Forzada. Yo no quería irme pero Antonio no quería verme más. Se corre más rápido siendo libre. Se corre mucho. No paré. Le di tres vueltas a Europa sin pisar Madrid. Me detuve algunos años en París, lo suficiente para madamizarme y tomar impulso para llegar hasta aquí. Con los Blahnik no se puede correr. Apenas se bajan con cierto decoro las escaleras del metro. Pero llegué.
Ay, alivio sentía ahora mientras desaparecía el martini tras mi garganta y tropezaron los labios con la última aceituna. Puedo irme ya, pensé. Antonio fue puntual. Me esperó los 5 minutos que puede un hombre apurado y vasco malgastar jugando un poco con su iPhone. Tras un whisky breve, se marchó quizás preguntándose para qué diablos lo había citado allí. Sitio de tragos caros. Si yo no había aparecido para hacerme invitar a champagne al menos, ¿para qué lo llamé? Demasiadas preguntas entre los dos. ¿Por qué se dio la vuelta, retirándose como las mareas, y al darme la espalda ni siquiera me dejó un poco de almizcle en la piel? Más valía que me marchara, presto, y que esta vez ya fuese de verdad. 
Pagué mi martini. Bajé de la banqueta y casi alcanzando la puerta lo encontré. Antonio llegaba, creo que se excusó vagamente por su tardanza pero no puedo asegurarlo porque yo desde entonces, desde que me tropecé nuevamente con su áspera sonrisa, no escucho nada más. Es todavía bello el bello Antonio y tras dejarme de nuevo acariciar he reconocido sus manos de vasco y con ellas la ternura nueva del primer hombre. Y ahora he perdido todo, el oído, el olfato y hasta el recuerdo. Todo salvo la virginidad, por supuesto. Aunque esta vez ha sido muy diferente. Mientras su verga volvía a mi cuerpo ya sin compuertas que romper, regresando a los pasadizos explorados 20 años atrás, tal vez no, sudando entre las sábanas de lino de un hotel de Soho, toda la noche, esta vez chillé. Aullidos de hiena. No de virgen.
Desde entonces no tengo alivio y estoy más rota que nunca. Hasta se me ha olvidado preguntarle a Antonio por qué hace veinte años se volteó y no quiso verme más. Broken. Mis pedazos deberían armar un puzzle, supongo, pero ya no me interesa saber qué hacer con ellos. Antonio, creo, deshace y rehace este puzzle a su antojo, algunas noches, como quien le echa agua al dominó. Just broken. Yo por mi parte sigo chillando. Y a nadie –a mí muchísimo menos- le importa saber por qué. 
Odette Casamayor-Cisneros
Miami, 2 de enero 2011.
     

martes, 10 de mayo de 2011

Llámame Láctea. (Ecopoiesis)/ Mara Pastor

Llámame Láctea
Ecopoiesis
Me parece que la Vía Láctea
ha caído del firmamento
Li Bo
Me encuentro
con mi antigua novia japonesa
ya de Hiroshima llenas las visiones
Juan Antonio Corretjer
Canto de Hikari
Así dije, transgénica.
Algo del lenguaje que apresuro 
de pronto se lanza en astronave 
a los vacíos que abrazábamos
algo en otro planeta tiene sed de ti.
No debe llamarse selva, ni pájaro
ni nave, sino prótesis amorosa, ternura de robot
calcinado, astronomía visceral.
Quisiera saber cómo se afrontan decepciones atómicas, pensó Maduk en el laboratorio. Una decepción no tiene materia, aunque sí memoria. Se ha averiado el acelerador de partículas. No se sabe cuándo repondrán imanes. Dicen que se escapó el helio y todos sabemos lo que les pasa entonces a las voces. 
Presagio 
El fin del mundo
fue antes de los trenes.

Conversación 
A distancia vemos tu mano 
y el engranaje
que la aguanta. Cómo
te abrazo por entre
las grúas cuando ya nadie
se fía de los metales.

Hikari en la oficina
Más antigua que la mirada de los hombres a la luna 
-ellos también hambre en las orillas-
traducción
-ellos también una misión y otra, la cosecha, la lluvia-
La mirada se cansa en el monitor
Un café se enfría.
Tantas horas juntos sin hablarnos.
Cuántas veces la física nos falla. 
Dejemos de escribir en rectángulos.
Hay un universo en la esquina
haciendo tiempo.
Carta a Maduk
La electricidad no nos permite
cruzar las paredes.
La gravedad es una fuerza torpe.
Sólo los relámpagos nos sobreviven.
Todo esto he aprendido de ti
y sin embargo
mirar la estática de la tele vieja, 
de aquellos televisores
que ya no reciben ni en los basureros.
Ceniza de Bing Bang. Ven, astrónomo, 
y cuéntame tus abismos. 
Esa estática que nos choca 
en la cabeza siempre que remandamos 
un comienzo. Nada, que la radiación 
es antimateria ¿Por eso mata?
El cosmonauta
Me he ido y parece
que has hecho nido con mi cablería.
Has dejado tu rastro en microchips bajo los párpados.

Qué pasaría sin el silbido.
Qué pasaría sin las cabinas al desnudo.

Se abren pequeñas cápsulas de memoria explotan 
y se hacen otras  se abren pequeñas cápsulas.

Algunas cosas han cambiado desde tu carta.

Era verano.
El tope de un volcán
me recordó superficies lunares.

En la cima, un letrero que dice
prohibido predecir
nombres que nos descarnan.
Los niños de otra hora
predicen el futuro en sonetos
digitales, por eso es mejor no tenerlos
le dijo antes de partir.
Fantasma triangular,
quito todos tus platos de la mesa.
Eres el zumbido de un monitor
equidistante.
El trabajo de Hikari II
Poema Pi, diseño veloz del programa Moonz:
Leo a Libo e impar remanente en número ciego leo sobre arcanos estelares al ver árbol azul.
Conversación II
El otro día, palabras que no entendía(amor, ciencia, por ejemplo) las echamos a la lavadora. Las vestimos y vino el frío, la primera nevada . Anochece a las siete de la tarde, Nos da sueño. Llegamos a donde siempre, con un poco más de cansancio, Otras capas. El abrazo y el engranaje de la ventana son aperturas inversas que nos definen hacia lo vasto. El aire frío es verdadero, es amor, es ciencia. A veces recogemos la habitación cansados. Yo quisiera recogerla siempre, y guardar lo que se ha quedado mal puesto, regresar a ciertas formas que mejor nos cuidaron. A penas, digo algunas cosas a los más jóvenes y nos reímos. mirándonos a los ojos como si nada, o presentamos grandes filósofos contando las pequeñeces.
Presagios II
Llámame Láctea.
En el espacio tu cuerpo 
pegado a la ventana.
Cuando el ruido de una galaxia 
se rompa cuando las palabras 
del futuro regresen a tu boca
hechas alienígeno doméstico:
dentro de una botella      
un ovni lleva mensajes 
suaves y mojados
en la lengua        
de los extraterrestres.
Hikari veinte años después 
Una también le dice realidad al silencio y deja 
que la sábila le cuente pequeños ojos
aguardando en la puerta, porque un gusano de cerámica
podría ser un tiesto,
pero es un insecto que busca
la metamorfosis de la materia.
Maduk regresa joven del espacio
El niño galáctico me besa.
Su voz se escucha en zumbido-     
eléctrico fonógrafo       
exacto él, viajante de la luz    
regresa como un marciano joven 
¿qué cosmonauta a fuerza de cirugía te recibe? 
y aun desea el cuerpo envejecido 
y los metales pesados en el agua.
Su voz en cambio, placebo de sí 
olor a cuando había miel en el mundo.


Fragmentos de un poemario de próxima publicación .